La guerra de invasión que lleva adelante el Estado-nación ruso contra el Estado-nación ucraniano salpica de sangre a los millenials de ambas sociedades. Y llama a la reflexión a jóvenes de todo el mundo que ven con asombro cómo anacronismos de este tipo se convierten en realidades difíciles de creer.
Con batallas cruentas que ya dejaron más de un millón de bajas entre muertos y heridos. Además de disloque económico, desplazamientos forzosos y destrucción a mansalva de valiosa infraestructura, cuya erección demandó el esfuerzo de generaciones.
Atavismos que se creían superados, como las “guerras de conquista”, muestran otra vez su espectro a pesar de todo lo hablado y codificado en normas de convivencia, respeto, cooperación y derechos humanos, negociadas en el marco de muy costosos organismos multilaterales supraestatales, supuestos garantes de una “nueva civilidad”, más empática y evolucionada.
La lección por aprender en este disruptivo 2025 es que la gente de a pie, las familias, los individuos… sí evolucionaron; asumiendo la vigencia de la sacralidad de la vida, el respeto a los derechos del semejante y la empatía de sentirse una sola especie unida frente a los desafíos (y peligros) de la inmensidad cósmica. Una evolución del común que excluye de por sí toda guerra de agresión.
Y la lección continúa, “descubriendo” que quienes no asumieron eso son las nomenclaturas de los “modernos” Estados nacionales; esas instituciones jurídica y policialmente artilladas en defensa propia, tan coactivas para con sus pagadores cautivos de impuestos como veladamente agresivas para con sus pares. En realidad, entes secuestradores de sociedades; con su staff de profesionales especializados en la tercerización de costes, dolos y responsabilidades. Pesadas burocracias políticamente “reaseguradas” a su vez en los mencionados organismos supraestatales.
La Historia viene una vez más en auxilio de nuestro discernimiento, al ilustrarnos con la verdad sobre el devenir de las guerras.
En efecto; no debemos olvidar que los grandes Estados nación nacieron, crecieron y se aposentaron sobre una gran cantidad de sociedades y poblaciones libres preexistentes, entre los siglos XIV y XV.
Lo hicieron imponiendo sobre ellas, en forma coactiva, la obligación de integrarse en una determinada jurisdicción territorial bajo el monopolio político, militar y sobre todo judicial de monarquías (luego repúblicas) de neto cuño mercantilista.
Se trató de un proceso histórico gradual, solapado al del auge del librecambio capitalista entre asociaciones voluntarias de comerciantes, terratenientes, banqueros, burgueses, artesanos y gentes del vulgo, verificable desde comienzos del siglo XV. Grupos humanos nucleados naturalmente en centenares de prósperas pequeñas ciudades estado, feudos, enclaves y señoríos independientes esparcidos por toda Europa. Y que salvo excepciones fueron finalmente sojuzgados y gravados por unas pocas grandes burocracias estatales bajo pretexto de paz general, bajo ley y orden unificados.
Si bien las disputas y enfrentamientos (al igual que la bonanza económica) eran algo relativamente común entre estas pequeñas sociedades, la escala y duración de sus batallas revestían poca entidad. En un tiempo en el que occidente había evolucionado hacia soberanías y poderes dispersos, sólo se enfrentaban soldados profesionales. Y por lo general en lugares abiertos, con poco o nulo involucramiento de la población civil, que continuaba con sus menesteres sin mengua de sus propiedades como no fuese algún que otro daño colateral.
Los ejércitos estaban constituidos por unos pocos cientos o miles de hombres, con mercenarios no atados a nacionalismo alguno, lo que hacía de estos combates un ejercicio con menos bajas fatales que aprontes, amenazas, fintas, concesiones negociadas y otras artes de la estrategia.
La guerra era un juego oneroso cuyo costo no podía tercerizarse y que debía ser asumido por el bolsillo del señor o unión comunal de turno, constituyendo esto el principal incentivo para su brevedad y para que el desmadre en cuestión no pasara a mayores.
Hoy en día, los países “libres” están regidos por sistemas constitucionales que se supone garantizan el respeto a la sacralidad de libre albedríos personales. Teniendo como medio de ello a la unión republicana de poderes fácticos independientes en mutuo contrapeso.
Proposición teórica de mutuo respeto que a las nuevas generaciones les resulta por lo menos ingenua, a la luz pura y dura de sus resultados prácticos. Por cierto tan decepcionantes como largamente probados.
Sistemas tal vez bellos y bienintencionados pero que no tuvieron en cuenta la externalidad -entre muchas otras- de que al crearse estos grandes Estados (por la fuerza, juntando enclaves libres) anclados en adoctrinamientos de impronta nacionalista, se estaban generando Frankensteins.
Verdaderos monstruos que hicieron de las guerras algo masivo, brutalmente inclusivo, salvaje y peligroso hasta el punto de mutuo suicidio, involucrando a la totalidad de la población hasta extremos impíos bajo la bandera de una supuesta gran madre patria por la cual, bajo directiva de nomenclaturas iluminadas, se debe morir quiéralo uno o no.
Frente a la anacrónica agresión rusa, cierta como nunca resuena hoy la máxima de Albert Einstein según la cual el nacionalismo… es una enfermedad infantil de la humanidad; tal como el sarampión.
Tan solo una rémora más, destinada a ser superada en algún momento; cuando lo merezcamos. Como también las ciegas “guerras totales” que esta vetustez conceptual causa.
Y como los propios Estados nacionales, junto con todas aquellas instituciones que tengan como modo normal de financiación a la coacción extorsiva (tributos obligatorios) por sobre los modos de libre asociación contractual.
*Analista Político
Por eso, hoy más que nunca se agranda la brecha entre el Estado y los individuos. Con la guerra como telón de fondo, aumenta el rechazo visceral de la gente de a pie a la política, a sus manejos corruptos y, claro está, a toda institución estatal coercitiva.